¿Cómo se aprende a improvisar?

Esta pregunta, que surge muy al principio del libro Free Play, de Stephen Nachmanovitch, tiene una respuesta muy sencilla (y simultáneamente dura): ¿Que nos lo impide?

Digo dura porque, en general, no nos gusta aceptar nuestra propia culpa y responsabilidad:
disparamos excusas infinitas cada vez que alguién nos advierte “no lo haces porque en realidad no lo quieres” aunque en el fondo, muy en el fondo, sepamos que es cierto.

Estamos tan acostumbrados a programar nuestro día-a-día, llenando cualquier espacio vacío que surja, que ni nos apercibimos que dichos compromisos se van apoderando de nuestro tiempo libre y, consecuentemente, de nuestra creatividad.

Vivir de forma tan pautada nos hace perder lo más bonito y interesante de la mismísima experiencia de estar vivo (nuestra esencia)… Pero, en cambio, nos atesta de seguridad, algo que, en un mundo tan caótico e imprevisible como el nuestro, no va nada mal….

Es obvio porque esto del comfort zone triunfa: rebelarse en contra de nuestras barreras, sean internas o externas, es algo realmente asustador.
Pero, y como lo defiende Nachmanovitch, “una vida creativa es una cuestión riesgosa” y, si la anhelamos, hemos de aceptar estos riesgos potenciales.

*

La espontaneidad es inherente

Atrevámonos a decirlo: hacer algo que ya sabes hacer no supone ningún reto ni evolución, ni mejora personal.
Salir de la zona de confort es la única forma de avanzar en nuestro desarrollo personal y expandir horizontes…

Y creedme: no supone un gran esfuerzo.

La creación espontánea surge de lo más profundo de nuestro ser. Lo que tenemos que expresar ya está en nosotros. No hay nada que aprender.
Lo difícil es quizás materializar nuestros impulsos creativos…

La improvisación se puede considerar como la recuperación, en cada uno de nosotros, de nuestra mente original de niños.

Como Nachmanovitch explica, “el centro de la improvisación es el libre juego de la conciencia mientras dibuja, escribe, pinta y ejecuta la materia prima que surge del inconsciente.”

Pero ¿cómo podemos volver a improvisar después de tanto tiempo sometidos a una vida cuadriculada?

En primer lugar, hay que reencontrar la mente salvaje, lúdica e infantil que llevamos olvidada entre deberes y responsabilidades. Una vez descubierta, el verdadero reto es ponerla en práctica, sin reservas.

*

Una vida sin guión

Wayne Dyer, autor de Living An Inspired Life, observó que, demasiado a menudo, identificamos lo desconocido con el peligro. Sin embargo, nunca saldrá nada nuevo de circuitos previsibles; la novedad, lo fantástico, la aventura… todo esto se halla junto a la incertidumbre.

Solamente la improvisación, que es pura intuición en acción, nos permite reconocer y recorrer nuevos trillos.
Para Nachmanovitch, toda la esencia de traer el arte a la vida consiste en escuchar esa voz interior que, olvidada entre compromisos, miedos y excusas no tan buenas, ruega por ser oída.

Una vida sin guión es un gran salto al vacío, si. Pero el resultado suele ser sorprendente: todo se vuelve más orgánico, natural…

La improvisación en la vida y en el arte significa un incesante fluir, momento a momento; es el crear cada instante, a medida que llega… en fin, ¡es el atreverse a ser quien somos, sin demasiados esquemas y sin tapujos!

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