La felicidad según Brenin… o Mark Rowlands

La felicidad es un concepto resbaladizo.
De niña, yo creía firmemente que dicha sensación se hallaba en Disneyland o en el rápido paso de Santa Claus por mi chimenea (y atención que en ninguna de mis casas tuvimos jamás una chimenea…).
Pero, mientras crecía, me empecé a dar cuenta de lo difícil que es definir la felicidad y sobretodo, alcanzarla. Comprendí también que es un problema bastante común: la gente trata la felicidad como un mito o meta, y rara vez como un estado del espíritu contínuo.

En la uni, me acuerdo de una clase de psicología en la que la profe nos preguntó cuán felices nos considerábamos, en una escala del 0 al 10.
De hecho “cuantificar” la felicidad es ya un problema de por sí, pero lo extraordinario fue que nadie – NADIE – dijo un número superior a 7.
¿Qué pasa? Seremos todos tan mediocremente alegres ó ¿será que fuimos educados – quizás diseñados – para concebir el júbilo pleno como algo difícil y complejo, casi inalcanzable?

9788432231865“El filósofo y el lobo” de Mark Rowland, me hizo (entre muchas otras cosas) replantearme el tema de la felicidad y de su supuesta naturaleza intrincada: será la felicidad de por sí inaccesible/inusual, o será que fuimos nosotros, símios calculadores, que le concedimos dicha cualidad?

Mark, el autor del libro, es un tío raro y encima filósofo. Ah, y le gusta beber… (Creo que nos llevaríamos bastante bien)
Rowlands no hace ningún intento de ocultar los defectos y la infelicidad de su yo más joven. Él deja perfectamente claro que en el fondo era un solitario misántropo.
Así, la parte más importante de este libro reside en las enseñanzas filosóficas y personales que el autor aprendió de Brenin.

Uno de los más notables capítulos se llama “La flecha del tiempo”. En el, Rowlands ofrece un argumento convincente de por qué los seres humanos tienen dificultades para encontrar la felicidad. Según su análisis, disfrutar de momentos específicos es la única cosa que puede hacernos felices.
Sin embargo, los seres humanos tienden naturalmente a pensar en la vida en términos de progresión lineal, es decir, hacia una meta deseable. Esa meta nos ayuda a dar sentido a nuestras vidas, en términos narrativos. Pero, al pensar – y vivir – así, los momentos siempre se nos escapan de las manos… nuestra forma de entender el tiempo, es entonces una maldición que nos distrae de la felicidad absoluta.

Sin embargo, Rowlands afirma que el lobo no tiene conciencia del tiempo; no existe ninguna meta para la cual él trabaje… Por lo tanto, a diferencia de muchos seres humanos, un lobo encuentra la felicidad en la experiencia plena de los momentos – incluso en su repetición.

“El tiempo de los lobos, intuyo, es un círculo, no una línea. Cada momento de su vida es completo en sí mismo, y la felicidad, para ellos, siempre se encuentra en el eterno retorno de lo mismo. Si el tiempo es un círculo, nunca más no existe, y, por tanto, la existencia de uno no se organiza en torno a la visión de la vida como un proceso de pérdida…  Cuando no se tiene noción de nunca más no existe la sensación de pérdida.”

Para Rowlands el lobo es el símbolo de aquel substrato sobre el que se levantó la estructura símia, aquello que fuimos antes de ser monos, y que todavía permanece en nosotros…
Me gusta creer que podemos recuperar esa esencia lupina… y con ella quizás la llave para la mismísima felicidad. O para el sentido de la felicidad, más bien.

Según Mark, somos verdaderos yonquis de felicidad, siempre con ansias de de algo que en realidad no hace tanto bien y que tampoco es tan importante. Para él, “un yonqui farmacológico tiene una idea equivocada de cuál es el origen de su felicidad, mientras que el yonqui de felicidad tiene una idea equivocada de qué es la felicidad. A ambos les une la incapacidad de apreciar lo que es más importante en la vida. (…) Esto es lo que define a los seres humanos: la eterna y vana búsqueda de sentimientos. Ningún otro animal lo hace.

A menudo, creemos que analizar nuestra vida es lo mismo que analizar nuestros sentimientos. Y, “cuando miramos en nuestro interior y vemos lo que hay y lo que no, la respuesta a la que llegamos suele ser negativa: no nos sentimos como queremos sentirnos o como creemos que deberíamos. Entonces ¿qué hacemos? Como buenos yonquis de felicidad que somos, vamos en busca del próximo chute: un amante, un coche nuevo, una casa nueva, una vida nueva…, algo nuevo.

“El filósofo y el Lobo” funciona entonces como una pequeña y rápida terapia, que reaviva el espírito lupino que guardamos en algún lugar del alma… el espíritu que comprende la vida como un círculo, sin pérdidas o búsquedas equivocadas.

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