El hombre verde de Fowles

Siendo hija única, nunca he tenido a nadie con quien compartir mis juguetes ni mis juegos. De hecho, siempre he estado rodeada de adultos que, por artrosis o cansancio, rara vez se motivaban a jugar conmigo.
Creci en casa de mis abuelos, en una pequeña morada disfuncional ubicada en el límite de la ciudad, donde el campo empieza a dominar el paisaje.
Mis abuelos tenían un pequeño huerto okupa cerca de su casa, donde plantaban habas, tomates, zanahorias y repollos.
Luego también se dedicaban a robar la fruta de las árboles sin dueño, que nos regalaban dulces naranjos, almendras y algarrobas. El níspero del vecino también era asaltado muy a menudo.

Creciendo entre el campo salvaje y el humilde jardín de mi abuela, la naturaleza ha estado bastante presente en mi infancia. Desde muy pequeña empecé a identificar la flora del Algarve, reconociendo la higuera por su olor cálida, los colores del veneno y la belleza nocturna del Dondiego de la noche, que perfumaba el patio después de la puesta del sol.

Era una niña muy creativa que se inventaba aventuras extraordinarias en su soledad, que hablaba con los árboles y que tenía por mejor amigo un mapache imaginario.
Luego, inevitablemente, mi mundo tan puro y natural empezó a desvanecerse com el paso de los años. Aunque mantuviera mi creatividad casi intacta, la verdad es que empecé a perder mi conexión com la naturaleza. Sustituí mi Grupo de Intervención a los Malos Tratos Ecológicos (del que yo era el único miembro), y empecé a tirar los envoltorios de los chocolates al suelo, porque en mi escuela parecía muy guay hacerlo. Por lo menos, bastante más guay que ser la abogada del medio ambiente.
Empecé a olvidar todo el valor del campo, de las playas y del océano que servían de escenario a mi ritmo cotidiano. Es más: empecé a hartarme de todos estos elementos y a ansiar la gran ciudad.
Imaginaba mi vida ideal en Nueva York o en Tokyo, rodeada de rasca-cielos, puentes infinitos, luces coloridas las 24 horas y gente. Mucha gente.

Curiosamente, en los últimos dos o tres años, mi esencia volvió a revelarse y empecé a rechazar la gran ciudad, los edificios monstruosos, las avenidas, el tráfico, la multitud anónima que llena las calles.
Creo que he tenido una especie de epifanía en Prullans (un pequeñisimo pueblo catalán) cuando, observando las vacas pastando bajo las montañas nevadas, vi claramente lo sencilla que es la vida. La única verdad es la naturaleza.
Desde entonces, reencontré mi paz e inspiración entre los árboles, rodeada del verde y azul puro. Cuanto más bucólico el escenario, mejor.
Los jardines y parques se han vuelto mis sitios preferidos de la ciudad, mi verdadero hogar y refugio.

Inmersa en este sentimiento (o más bien convicción), no sorprende que, a la hora de buscar un nuevo libro, mi mirada cayera justamente en la portada verde y fértil de “El árbol”.

elárbol

Publicada por primera vez en 1979, El árbol, del novelista John Fowles, es un breve ensayo parcialmente autobiográfico sobre la relación entre naturaleza y creatividad.
Partiendo del recuerdo del diminuto jardín de su padre, Fowles nos acerca a la idea del jardín sagrado y gradualmente a la visión simbólica, casi religiosa, de los bosques y de los árboles.

El árbol es una obra excepcional que nos lleva por los vericuetos de la creación, del descubrimiento y de la inspiración a través de un paseo por los campos de Denvon y Dorset… o por los campos de nuestras intimas memorias.
Al menos, así lo he vivido yo.
Página a página, reconocí que leer a Fowles es en parte leerme a mi, o más bien descifrarme, en todas las sensaciones intraducibles que caracterizan mi relación con lo natural y lo artístico.
“El arte y la naturaleza son hermanos, ramas de un mismo árbol”: una creencia tan sencilla y tan cierta, que acaba por escaparse de nuestras manos distraídas. Pero no de las de Fowles.

Su prosa cercana y honesta consigue, en muchas ocasiones, expresar aquello que el propio escritor define como irreproducible, que no es otra cosa que las manifestaciones sensoriales que el entorno natural produce.
Para él, la mayor experiencia que podemos extraer de nuestra existencia personal se halla en el bosque, entre los árboles e incluso dentro de sus troncos, mucho más allá de lo que alcanza la vista…

green-man-fowles
En este contexto, Fowles habla de la figura del “hombre verde”, que simboliza nuestro instituto salvaje y de unión con lo natural. Este ser, que suele estar dormido en nuestro núcleo más profundo, es quién posee/guarda el secreto de la creatividad y la sabiduría.
Si lo pensamos, esta criatura sigue bastante viva en nuestro imaginario colectivo: tenemos desde elfos a la abuela Willow de Pocahontas – claramente la voz de la sabiduría en la historia – e incluso los mágicos Children of the Forest de Juego de Tronos, que fueron los primeros habitantes del Mundo…
No es coincidencia. Todos estos personajes simbolizan la comunión del ser humano con su lado más natural e instintivo. Todos ellos son mágicos, sabios y ancestrales, justamente porque están íntimamente conectados con las raíces del mundo, con la historia de la tierra…

El mundo natural late debajo de nuestros pies, debajo de lo cotidiano sedante que nos hace olvidar nuestra forma más autentica y orgánica.
Reconocer y abrazar el “hombre verde” que llevamos dentro es, y tal como lo explica Fowles, una experiencia en cierta medida mística, irracional.

De niña, yo convivía con esta criatura verde e incluso me convertí en una, hablando con los árboles, piedras e insectos, como si nada me separara (y sobretodo sin que nada me elevara) de ellos.

Me he distraído demasiado, al punto de rechazar y olvidar lo bonito y poderoso de la naturaleza… pero ahora volví, gracias a Prullans y gracias a Fowles, y os invito a hacer lo mismo.
Lo bueno es que, independientemente de lo que pase, nunca es demasiado tarde para volver a sumergirse en los campos…
Nunca es demasiado tarde para imaginar, crear y mezclarse con la tierra.

“…dust to dust”…

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